viernes, 23 de octubre de 2009

jiménez ontiveros solís -

El Templo de Kamakura.




La oración de los santos, la espada del guerrero,


la penumbra del bosque, el canto del jilguero,


la madera labrada que rezuma humedad,


los dragones pintados que no tienen edad,


la Puerta de los Templos, lavatorios enanos


donde los peregrinos purifican sus manos,


el verde de los cobres, la piedra blanca y muda,


la imagen esculpida de la madre del Buda,


la Sala del Estudio, el andar presuroso


de los monjes descalzos, el jacinto oloroso,


los torrentes de lluvia por canales de piedra,


los puentes de madera recubiertos de hiedra,


la Sala de los Rezos, el silencio acordado,


las tablillas de votos en el templo dorado,


la puerta corredera, el balcón sin cerrar,


el olor a salitre de la brisa del mar,


el cementerio humilde, sin lápidas ni cruces,


el lejano y confuso parpadeo de luces


que en la distancia anuncian la noche que se acerca,


las carpas de colores que nadan en la alberca,


mujeres japonesas, bellas y silenciosas


que bajan hacia el valle por senderos de losas


conservando en el fondo de sus ojos rasgados


la imagen misteriosa de los templos sagrados;


mientras, la noche llega y extiende su negrura


sobre el paisaje verde y el mar de Kamakura.
























Si el genial Antonio López quisiera
pintar un ángel ¿no te elegiría?,
con tu tierna mirada mostraría
que la inocencia no es una quimera,

que tu sonrisa es una primavera,
y la luz de tus ojos pintaría
con el color que el cielo desearía
para expresar el alma verdadera.

Sigue atento a tus indios en cuclillas
y no dejes que nadie los alcance.
chiquitín de caricias y ternura,

óyeles con tus leves orejillas
y ayúdales para evitar el trance
de su persecución en la llanura.






Búsqueda de la palabra.



Quisiera transmutarme en cigüeña
para sobrevolar las torres de las catedrales
y los campanarios de las iglesias
para volar tan alto
que pueda encontrar la palabra,
no en los púlpitos de los predicadores,
ni en los cabildos, ni en las academias,
ni en los parlamentos,
sino en el espacio eterno,
en el solitario viaje de mi alma.