miércoles, 11 de noviembre de 2009

SONETOS MIGUEL DE CERVANTES

Biografía de Cervantes y comentario a los sonetos


Fue su padre, Rodrigo de Cervantes, hidalgo castellano, de profesión cirujano y su madre, Leonor de Cortina, natural de la villa de Barajas; tuvieron siete hijos; Miguel fue el cuarto de sus hermanos, nacido el día 29 de septiembre de 1547, festividad de San Miguel, y bautizado por el reverendo Serrano en la Iglesia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares, el día 9 de octubre del mismo año.

En 1561, su padre don Rodrigo, endeudado, salió de Alcalá y recorre Valladolid, Córdoba y Sevilla en busca de soluciones económicas. En este peregrinaje, Miguel, vio en Sevilla una obra de teatro de Lope de Rueda.

En plena juventud, su profesor Juan López de Hoyos, selecciona varias de sus poesías a la muerte de Isabel de Valois, esposa de Felipe II en un libro conmemorativo, entre ellas un soneto, que se supone fue su primera composición poética, titulado «La Muerte De La Reina Doña Isabel De Valois».

En 1569 aparece nuestro poeta en Roma. Quizás más que por las causas que se le atribuyen de ciertos desórdenes, por el lujo que suponía en aquellos tiempos la cultura italiana. Describiendo en El Licenciado Vidriera, Las Dos Doncellas y en el Persiles, la impresión que le causa tanta belleza.

Cuando en 1571 los turcos se apoderan de Chipre, aparece Miguel como soldado en la compañía del capitán, Diego de Urbina. Embarca por el Mediterráneo y a su paso por Nápoles tiene amores con Silena, con la que tuvo un hijo. Tomó parte en la batalla de Lepanto, sobre la galera Marquesa, demostrando gran valor según testigos presenciales.

A pesar de que la historia habla de él, como «El Manco de Lepanto» la verdad es que en dicha batalla sólo fue herido y el brazo le quedó inútil. El valor reconocido de Miguel, le vale un cargo de gobierno. Pide licencia para volver a España recomendado por Don Juan de Austria.

A principios de septiembre de 1575 sale de Nápoles en la galera Sol. Un temporal en el Golfo de León es aprovechado por las naves argelinas, haciendo varios prisioneros, entre ellos Miguel y su hermano, aquí empieza su cautiverio. Por aquella época los prisioneros eran empleados en galeras o simplemente como cambio de un rescate.

Tras numerosos intentos de fuga, todos ellos fracasados, el 19 de septiembre de 1580, Fray Juan Gil logra reunir los 500 escudos del rescate y liberar a Miguel, después de cinco largos años. Vuelve a España, sin dinero y sin que nadie de sus familiares pueda ayudarle, desembarcando en Denia, y a través de Valencia de nuevo a Madrid.

Al llegar a Madrid sus asuntos económicos son tan apurados y la representación de sus comedias tan sin pena ni gloria que Miguel ya no se desprende de este maleficio prácticamente hasta su muerte.

En 1584 se casa en Esquivias con Catalina de Palacios Salazar, de ilustre casa, pero escasa de fortuna. La novia tenía 19 años menos que Miguel.

En 1585 muere su padre y Miguel tiene que hacerse cargo de su familia, teniendo que dejar sus actividades literarias y dedicarse a su nuevo cargo de Comisario del Rey como recaudador de fondos.

Por este motivo pasa a vivir a Sevilla dejando a su familia en Esquivias. Como recaudador tuvo muchas dificultadas pues es sabido que en un par de ocasiones fue con sus huesos a parar a la cárcel, por sus cuentas nunca del todo satisfechas.

En septiembre de 1604 se le concede privilegio Real para la publicación del libro titulado El Ingenioso Hidalgo de la Mancha, apareciendo publicado en Madrid al año siguiente con el título de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Su impresor fue Juan de la Cuesta, a cargo de Francisco Robles y dedicada al Duque de Béjar. Miguel tenía por entonces 57 años.

En 1606 se casa su hija Isabel.

Al comienzo del año 1608, Cervantes deja Sevilla y se instala en la Corte, que por entonces estaba en Valladolid bajo el reinado de Felipe III, instalándose con él parte de su familia.

Al trasladar la Corte a Madrid en 1606, Miguel sigue tras ella con toda su familia; ingresando en 1609 en la Hermandad de Esclavos del Santísimo Sacramento, cofradía a la que pertenecían por aquel tiempo la mayoría de los grandes escritores de su época. En 1613, en la imprenta de Juan de la Cuesta, publica sus Novelas Ejemplares. En 1614 publica Viaje al Parnaso largo poema en tercetos y única obra completa en el campo de la poesía.

En 1615 se publica la segunda parte de la novela El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha dedicada al Conde Lemos. Se dice que después de la Biblia, el Quijote es el libro más traducido y publicado de toda la literatura universal.

Su teatro tuvo que competir con el de Lope de Vega, cosa que perjudicó mucho al teatro de Miguel, ya que sus comedias fueron más leídas que representadas.

Ya en el final de su vida logra cierta estabilidad económica que le permite montar casa en Madrid con cierto decoro, gracias a las ayudas del Conde de Lemos y un par de cardenales llamados Niño de Guevara y Sandoval y Rojas. Lo hace en la calle de León (hoy Lope de Vega) en compañía de su esposa.

En esta casa le dedica al Conde de Lemos su último libro; Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado por Juan de la Cuesta en 1617, cuando ya el autor no existía.

Su muerte se produjo el día 23 de abril de 1616, amortajado con el hábito de la Orden Tercera de San Francisco, a cuya cofradía pertenecía. Se le enterró en el cementerio de la Plaza del Humilladero, junto al monasterio de las Madres Trinitarias. Cuando éstas se trasladaron a un convento nuevo los restos de Cervantes desaparecieron, creando con esto la leyenda de su poca fortuna a lo largo de su vida y después de su muerte.

La mayoría de los sonetos de Cervantes están en el Quijote, en La Galatea y algunos sueltos en diversos lugares que explico en los trabajos repasados.

El soneto «Al Túmulo de Felipe II en la Catedral de Sevilla», según el propio Cervantes, honraba para él todos sus escritos y algunos de estos rivalizaron en su época con los de Góngora, Alcázar o el mismísimo Quevedo. Fue su afición a la poesía tal que no dudó en comenzar el Quijote con ocho sonetos, donde diferentes personajes, Amadís de Gaula; Don Belianís de Grecia; la Señora Oriana; el escudero de Amadís de Gaula, Gandalín; Orlando Furioso; El Caballero del Febo; Solisdán; o el diálogo entre Babieca y Rocinante elogian a Don Quijote y a Dulcinea. Además de los ya citados incluye, Cervantes, otros nueve en la Primera Parte del Quijote y dos en la Segunda Parte.

Hay 24 sonetos dedicados a distintos amigos, Lope de Vega, Pedro de Padilla, Fernando de Herrera, Diego de Mendoza, el ya citado a la Reina Isabel II, a San Francisco, y el que incluye en el prólogo de Viaje al Parnaso.

En el repaso de sus comedias, entremeses y otros, hallé cinco en Persiles y Sigismunda; uno en El rufián Arrepentido; otro en La Gitanilla de donde siglos después, Lorca, tomaría el nombre para su maravilloso romance Preciosa y el Aire; uno en La Gran Sultana Catalina de Oviedo; otro en La Ilustre Fregona; y uno más en El Laberinto de Amor; cinco en La Entretenida y veintidós en La Galatea.

En total los sonetos encontrado de Cervantes son ochenta, dando al final la lista de todos los trabajos repasados, para información de posibles hallazgos.


Todos los sonetos que aparecen en esta breve antología de Cervantes son parte de la Biblioteca del Soneto, obra en la que llevo trabajando más de cuarenta años y que en la actualidad sobrepasa los 3.500 poetas y más de treinta mil sonetos en lengua castellana.














Sonetos en Don Quijote de La Mancha
De la edición de 1605







Amadís de Gaula a don Quijote de La Mancha




Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desdeñado, sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre.
De alegre a penitencia reducida;


tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre;
y alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida;


vive seguro de que eternamente
(en tanto al menos que en la cuarta esfera,
sus cabellos aguije el bello Apolo)


Tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera,
tu sabio autor al mundo único y solo.






Don Belianís de Grecia a don Quijote de La Mancha



Rompí, corté, abollé, y dije, y hice
más que en el orbe castellano andante;
fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
mil agravios vengué, cien mil deshice.


Hazañas di a la fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;
fue enano para mí todo gigante,
y el duelo en cualquier punto satisfice.


Tuve a mis pies postrada la fortuna.
Y trajo del copete mi cordura
a la calva ocasión al estricote.


Mas, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!






La señora Oriana a Dulcinea del Toboso



¡Oh quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara su Londres con tu aldea!


¡Oh quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero, que hiciste venturoso,
mirara alguna desigual pelea!


¡Oh quién tan castamente se escapara
del señor Amadís, como tú hiciste
del comedido hidalgo Don Quijote!


Que así envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre al tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.






Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote



Salve, varón famoso, a quien fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.


Ya la azada o la hoz poco repuna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio, que intenta hollar la luna.


Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente envidio,
que mostraron tu cuerda providencia.


Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen nombre,
que sólo a ti nuestro español Ovidio
con buzcorona te hace reverencia.






Orlando furioso a don Quijote de La Mancha



Si no eres par, tampoco le has tenido;
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde tú te hallares,
invicto vencedor, jamás vencido.


Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica, vi remotos mares,
ofreciendo a la fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.


No puede ser tu igual; que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama
puesto que, como yo, perdiste el seso;


mas serlo has mío, si al soberbio moro
y cita fiero domas; que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.







El Caballero del Febo a don Quijote de La Manch
a



A vuestra espada no igualó la mía,
Febo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano.
Que rayo fue do nace y muere el día.


Imperios desprecié; y la monarquía,
que me ofreció el Oriente rojo en vano,
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.


Améla por milagro único y raro;
y ausente en su desgracia, el propio infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.


Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y ella por vos famosa, honesta y sabia.






De Solisdán a don Quijote de la Mancha



Magüer, señor Quijote, que sandeces
vos tengan el cerebro derrumbado,
nunca seréis de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.


Serán vuestras hazañas los joeces, 5
pues tuertos desfaciendo habéis andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautivos y raheces.


Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen talante,


en tal desmán, vueso conhorte sea
que Sancho Panza fue mal alcahuete,
necio él, dura ella, y vos no amante.






Diálogo entre Babieca y Rocinante



«¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?»
«Porque nunca se come y se trabaja.»
«Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?»
«No me deja mi amo ni un bocado.»


«Anda, señor, que estáis muy mal criado, 5
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.»
«Asno se es de la cuna o la mortaja.
¿Queréis verlo? Miradlo enamorado.»


«¿Es necedad amar?» «No es gran prudencia.»
«Metafísico estáis.» «Es que no como.»
«Quejaos del escudero.» «No es bastante.


¿Cómo me he de quejar, en mi dolencia,
si el amo o escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?»








O le falta al amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.


Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?


Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta ruina.


Presto habré de morir, que es lo más cierto:
que al mal de quien la causa no se sabe,
milagro es acertar la medicina.




Del Quijote, Primera parte, capítulo XXXIII,
Don Quijote a Sancho
y de La casa de los celos, Jornada tercera,
REINALDOS





Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia quedándose en el suelo,
entre benditas almas en el cielo,
subiste alegre a las empíreas salas,


desde allá, cuando quieres, no señalas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.


Deja el cielo ¡oh amistad!, o no permitas
que el engaño se vista tu librea,
con que destruye a la intención sincera;


que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusión primera.


Del Quijote, Primera parte, capítulo XXVII, canta Cardenio




En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a las mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.


Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.


Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.


Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.




En el Quijote, Primera parte, capítulo XXXIV, Lotario a Camila




Yo sé que muero, y no soy creído;
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto
antes que de adorarte arrepentido.


Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
cómo tu hermoso rostro está esculpido.


Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.


¡Ay de aquel que navega, el cielo oscuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
adonde norte o puerto no se ofrece.


Del Quijote, Primera parte, capítulo XXXIV, Lotario a Anselmo




De entre esta tierra estéril, derribada
de estos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,


siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.


Y este es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentable lleno
en los pasados siglos y presentes.


Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.





Del Quijote, Primera parte, capítulo XL, donde se prosigue la historia del cautivo





El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote




Epitafio



El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón de Creta,
el juicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,


el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en broncínea plancha,


el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,


el que hizo callar los Belianises,
aquél que en «Rocinante» errando anduvo,
yace debajo de esta losa fría.




Del Quijote, Primera parte, capítulo LII






Del Paniaguado, académico de la Argamasilla, «in laudem Dulcinea del Toboso»



Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.


Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montiel, hasta el herboso
llano de Aranjuez, a pie y cansado.


Culpa de «Rocinante». ¡Oh dura estrella!
Que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,


ella dejó, muriendo, de ser bella:
y él, aunque queda en mármoles escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.




Del Quijote, Primera parte, capítulo LII






Del caprichoso, discretísimo, académico de la Argamasilla, en loor de «Rocinante», caballo de don Quijote de La Mancha



En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético el manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.


Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.


Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendiente Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,


hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y de él se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.


Nunca sus glorias el olvido mancha
pues hasta «Rocinante», en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.




Del Quijote, Primera parte, capítulo LII






Del Burlador, académico argamasillesco, a Sancho Panza



Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,
pero grande en valor, ¡milagro extraño!
Escudero el más simple y sin engaño
que tuvo el mundo, os juro y certifico.


De ser conde, no estuvo en un tantico,
si no se conjuraran en su daño
insolencias y agravios del tacaño
siglo, que aun no perdonan a un borrico.


Sobre él anduvo -con perdón se miente-
este manso escudero, tras el manso
caballo «Rocinante» y tras su dueño.


¡Oh vanas esperanzas de la gente!
¡Cómo pasáis con prometer descanso,
y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!



Del Quijote, Primera parte, capítulo LII




«Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto de él desdiga.


Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mismo Amor la diga.


A prueba de contrarios estoy hecho
de blanda cera y de diamante duro,
y a leyes del Amor el alma ajusto.


Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho;
entallad o imprimid lo que os dé gusto;
que de guardarlo eternamente juro.»


En Don Quijote de La Mancha, Segunda parte, capítulo XII,
el Caballero del Bosque a don Quijote y Sancho




El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.


Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho.
Las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.


Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved que historia.


Que a entrambos en un punto, ¡oh extraño caso!
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.


En El Quijote, Segunda parte, capítulo XVIII
Don Lorenzo a Don Quijote,
este soneto a la fábula de Píramo y Tisbe






Sonetos dedicados a sus amigos y otros
A Lope de Vega
por su segunda edición de La Dragontea, 1602




Yace en la parte que es mejor de España
una apacible y siempre verde vega,
a quien Apolo su favor no niega,
pues con las aguas de Helicón la baña.


Júpiter, labrador por grande hazaña,
su ciencia toda en cultivar la entrega;
Cilenio, alegre, en ella se sosiega;
Minerva eternamente la acompaña.


Las Musas su Parnaso en ella han hecho;
Venus, honesta en ella aumenta y cría
la santa multitud de los amores;


y así, con gusto y general provecho,
nuevos frutos ofrece cada día,
de ángeles, de armas, santos y pastores.






Al túmulo de Felipe II en Sevilla



«Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?


Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.


Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.»


Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y quien dijere lo contrario, miente.»


Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.






A la Goleta




Epitafio



Almas dichosas que del mortal velo
libres y exentas por el bien que obraste,
desde la baja tierra os levantaste
a lo más alto y lo mejor del cielo,


y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitaste,
que en propia y sangre ajena coloraste
el mar vecino y arenoso suelo;


primero que el valor faltó a la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la victoria.


Y ésta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da y el cielo gloria.





En El Quijote, Primera parte, capítulo XL




En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a las mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.


Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.


Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.


Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.



En el Quijote de 1605, Primera parte, capítulo XXXIV,
con variante en La casa de los celos, Jornada tercera, LAUSO






En las honras de Felipe II en Sevilla



Un valentón de espátula y gregüesco
que a la muerte mil vidas sacrifica,
cansado del oficio de la pica
mas no del ejercicio picaresco;


retorciendo el mostacho soldadesco,
por ver que ya su bolsa le repica,
a un corrillo llegó de gente rica
y en el nombre de Dios pidió refresco.


Den voacedes, por Dios, a mi pobreza,
les dice; donde no, por ocho santos
que haré lo que hacer suelo sin tardanza.


Mas uno que a sacar la espada empieza,
¿Con quién habla, le dijo, el tiracantos?
si limosna que pide nunca alcanza,

¿Qué es lo que suele hacer en tal querella?
Respondió el bravonel: -Irme sin ella.






Soneto a la Reina Isabel II



Serenísima reina, en quien se halla
lo que Dios pudo dar a un ser humano;
amparo universal del ser cristiano,
de quien la santa fama nunca calla;


arma feliz, de cuya fina malla
se viste el gran Felipe soberano,
ínclito rey del ancho suelo hispano
a quien Fortuna y Mundo se avasalla:


¿cuál ingenio podría aventurarse
a pregonar el bien que estás mostrando,
si ya en divino viese convertirse?


Que, en ser mortal, habrá de acobardarse,
y así le va mejor sentir callando
aquello que es difícil de decirse.






Epitafio



Aquí el valor de la española tierra,
aquí la flor de la francesa gente,
aquí quien concordó lo diferente,
de oliva coronando aquella guerra,


aquí en pequeño espacio veis se encierra
nuestro claro lucero de occidente;
aquí yace enterrada la excelente
causa que nuestro bien todo destierra.


Mirad quien es el mundo y su pujanza
y como, de la más alegre vida,
la muerte lleva siempre la victoria;


también mirad la bienaventuranza
que goza nuestra reina esclarecida
en el eterno reino de la gloria.






Soneto a Bartolomeo Rufino de Chiambery



¡Oh cuán claras señales habéis dado,
alto Bartolomeo de Rufino,
que de Parnaso y Ménalo el camino
habéis dichosamente paseado!


Del siempre verde lauro coronado
seréis, si yo no soy mal adivino,
si ya vuestra fortuna y cruel destino
os saca de tan triste y bajo estado,


pues, libre de cadenas vuestra mano,
reposando el ingenio, al alta cumbre
os podéis levantar seguramente,


oscureciendo al gran Livio romano,
dando de vuestras obras tanta lumbre
que bien merezca el lauro vuestra frente.






En alabanza de la presente obra



Si, así como de vuestro mal se canta
en esta verdadera, clara historia
se oyera de cristianos la victoria,
¡cuál fuera el fruto de esta rica planta!


Así cual es, al cielo se levanta
y es digna de inmortal, larga memoria,
pues, libre de algún vicio y baja escoria,
al alto ingenio admira, al bajo espanta.


Verdad, orden, estilo claro y llano
cual a perfecto historiador conviene
en esta breve suma está cifrado.


¡Feliz ingenio, venturosa mano,
que, entre pesador yerros apretado,
tal arte y tal virtud en sí contiene!




Soneto al autor Pedro de Padilla



Ya que del ciego dios habéis cantado
el bien y el mal, la dulce fuerza y arte,
en la primera y la segunda parte,
donde está amor del todo señalado,


ahora con aliento descansado
y con vuestra virtud que en vos reparte
el cielo, nos cantáis del duro Marte
las fieras armas y el valor sobrado.


Nuevos ricos mineros se descubren
de vuestro ingenio en la famosa mina
que al más alto deseo satisfacen;


y, con dar menos de lo más que encubren,
a este menos lo que es más se inclina
del bien que Apolo y Minerva hacen.







Soneto



¡Oh venturosa, levantada pluma
que en la empresa más alta te ocupaste
que el mundo pudo, y que al fin mostraste
al recibo y al gasto igual la suma!,


calle de hoy más el escritor de Numa
que nadie llegará donde llegaste,
pues en tan raros versos celebraste
tan caro capitán, virtud tan summa.


¡Dichoso el celebrado, y quien celebra,
y no menos dichoso todo el suelo,
que tanto bien goza en esta historia,


en quien envidia o tiempo no harán quiebra;
antes hará con justo celo el cielo
eterna más que el tiempo su memoria!






Soneto a San Francisco



Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo las cubra artificioso:


vos, seráfico padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la pintura
al desnudo pintada en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.


Las sombras de ser mártir descubriste,
los lejos en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;


los colores las llagas que tuviste
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado.






Soneto en loor del autor y su obra



El casto ardor de una amorosa llama,
un sabio pecho a su rigor sujeto,
un desdén sacudido y un afecto
blando, que al alma en dulce fuego inflama,


el bien y el mal a que convida y llama
de amor la fuerza y poderoso efecto
eternamente, en son claro y perfecto,
con estas rimas cantará la fama,


llevando el nombre único y famoso
vuestro, Felice López Maldonado,
del moreno etíope al cita blanco


y hará que en balde de laurel honroso
espere alguno verse coronado
si no os imita y tiene por su blanco.






Soneto



Cual vemos del rosado y rico oriente
la blanca y dura piedra señalarse
y en todo, aunque pequeña, aventajarse
a la mayor del Cáucaso eminente,


tal este (humilde al parecer) presente
puede y debe mirarse y admirarse,
no por la cantidad, mas por mostrarse
ser en su calidad tan excelente.


El que navega por el golfo insano
del mar de pretensiones verá al punto
del cortesano laberinto el hilo.


¡Felice ingenio y venturosa mano
que el deleite y provecho puso junto
en juego alegre, en dulce y claro estilo!






Soneto



De la Virgen sin par, santa y bendita
(digo, de sus loores), justamente
haces el rico, sin igual presente
al sin par cristiana Margarita.


Dándole, quedas rico, y queda escrita
tu fama en hojas de metal luciente,
que, a despecho y pesar del diligente
tiempo, será en sus fines infinita:


¡felice en el sujeto que escogiste,
dichoso en la ocasión que te dio el cielo
de dar a Virgen el virgíneo canto;


venturoso también porque hiciste
que den las musas del hispano suelo
admiración al griego, al turco espanto.






Soneto al doctor Francisco Díaz



Tú, que con nuevo y sin igual decoro
tantos remedios para un mal ordenas,
bien puedes esperar de estas arenas,
del sacro Tajo, las que son de oro,


y el lauro que se debe al que un tesoro
halla de ciencia, con tan ricas venas
de raro advenimiento y salud llenas,
contento y risa del enfermo lloro;


que por tu industria una deshecha piedra
mil mármoles, mil bronces a tu fama
dará sin envidiosas competencias;


darate el cielo palma, el suelo yedra,
pues que el uno y el otro ya te llama
espíritu de Apolo en ambas ciencias.






Soneto



No ha menester el que tus hechos canta,
¡Oh gran marqués!, el artificio humano,
que a la más sutil pluma y docta mano
ellos le ofrecen al que el orbe espanta;


y este que sobre el cielo se levanta,
llevado de tu nombre soberano,
a par del griego y escritor toscano,
sus sienes ciñe con la verde planta;


y fue muy justa prevención del cielo
que a un tiempo ejercitases tú la espada
y él su prudente y verdadera pluma,


porque, rompiendo de la envidia el velo,
tu fama, en sus escritos dilatada,
ni olvido o tiempo o muerte la consuma.






El capitán Becerra vino a Sevilla a enseñar lo que habían de hacer los soldados, y a esto y a la entrada del duque de Medina en Cádiz, hizo Cervantes este soneto:



Vimos en julio otra semana santa,
atestada de ciertas cofradías
que los soldados llaman compañías,
de quien el vulgo, y no el inglés, se espanta;


hubo de plumas muchedumbre tanta
que en menos de catorce o quince días
volaron sus pigmeos y Golías,
y cayó su edificio por la planta.


Bramó el Becerro y púsolos en sarta;
tronó la tierra, escureciose el cielo,
amenazando una total rüina;


y al cabo en Cádiz, con mesura harta
(ido ya el conde sin ningún recelo),
triunfando entró el gran Duque de Medina.






Miguel de Cervantes, autor de Don Quijote:

«Este soneto hice a la muerte de don Fernando de Herrera y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo de este nombre de Luz. Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida




El que subió por sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas, en dulce voz cantadas;


el que con culta vena las sagradas
de Elicón y Pirene en muchedumbre
(libre de toda humana pesadumbre)
bebió y dejó en divinas transformadas;


aquél a quien envidia tuvo Apolo
porque, a par de su Luz, tiene su fama
de donde nace a donde muere el día:


el agradable al cielo, al suelo solo,
vuelto en ceniza de su ardiente llama,
yace debajo de esta losa fría.






Soneto a don Diego de Mendoza y a su fama



En la memoria vive de las gentes,
varón famoso, siglos infinitos,
premio que le merecen tus escritos
por graves, puros, castos y excelentes.


Las ansias en honesta llama ardientes,
los Ethnas, los Estigios, los Cozitos
que en ellos suavemente van descritos,
mira si es bien, ¡oh Fama!, que los cuentes,


y aun que los lleves en ligero vuelo
por cuanto ciñe el mar y el sol rodea,
y en lágrimas de bronce los esculpas,


que así el vuelo sabrá que sabe el cielo
que el renombre inmortal que se desea
tal vez le alcancen amorosas culpas.






Soneto a don Diego Rosel y Fuenllana, inventor de nuevas artes



Jamás en el jardín de Falerina
ni en la Pranasa, excesible cuesta,
se vio Rosel ni rosa cual es ésta
por quien gimió la maga Dragontina;


atrás deja la flor que se reclina
en la del Tronto archiducal floresta,
dejando olor por vía manifiesta
que a la región del cielo la avecina.


Crece, ¡oh muy felice planta!, crece,
y ocupen tus pimpollos todo el orbe;
retumbando, crujiendo y espantando;


el Betis calle, pues el Po enmudece,
y la muerte, que a todo humano sorbe,
sola esta rosa vaya eternizando.






Soneto



De Turia el cisne más famoso hoy canta,
y no para acabar la dulce vida,
que en sus divinas obras escondida
a los tiempos y edades se adelanta;


queda por él canonizada y santa
Teruel, vivos Marcilla y su homicida;
su pluma, por heroica conocida
en quien se admira el cielo, el suelo espanta.


Su doctrina, su voz, su estilo raro,
que por tuyos, ¡oh Apolo!, reconoces,
según el vuelo de tus bellas alas,


grabadas por la Fama en mármol pario
y en lágrimas de bronce, harán que goces
siglo de eternidad, Yangüe de Salas.






Soneto a doña Alfonsa González, monja profesa en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla



En vuestra sin igual, dulce armonía,
hermosísima Alfonsa, nos reserva
la nueva, la sin par sacra Minerva
cuanto de bueno y santo el cielo cría.


Llega el felice punto, llega el día
en que, si os oye la infernal caterva,
huye gimiendo al centro, y de la acerba
región, suspiros a la tierra envía.


En fin, nos convertís el suelo en cielo
con la voz celestial, con la hermosura
que os hacen parecer ángel divino;


y así conviene que tal vez el velo
alcéis y descubráis esa luz pura
que nos pone del cielo en el camino.





En el prólogo de Viaje al Parnaso

Pues veis que no me han dado algún soneto
que ilustre de este libro la portada
venid vos, pluma mía mal cortada,
y hacedle, aunque carezca de discreto.


Haréis que excuse el temerario aprieto
de andar de una en otra encrucijada,
mendigando alabanzas, excusada
fatiga e impertinente, yo os prometo.


Todo soneto y rima allá se avenga,
y adorne los umbrales de los buenos,
aunque la adulación es de ruin casta.


Y dadme vos que este viaje tenga
de sal un panecillo por lo menos,
que yo os lo marco por vendible, y basta
.