miércoles, 2 de diciembre de 2009

José Watanabe -

En la calle de las compras

En la calle de las compras
es admirable ver cómo las gentes van funcionando tan bien,
Caminan articulando tobillos, rodillas,
la cadenciosa coxofemoral
y cuantos goznes nos mantienen verticales y arrogantes.

(Tonterías que pienso
mientras mi mujer, algo abochornada,
compra la lencería que luce la maniquí, tan fija
en el estereotipo de hembra deseable.)

Mi mujer es bella, para decirlo sencillamente y mirándola
de frente: no río o fuente como se decía antes
sino carne esbelta
sostenida y elevada por sus huesos
que a veces, secreto y morboso, toco como si buscara
las formas que la van a sobrevivir.

Todos pasan, ya lo dije, perfectamente vertebrados,
pero el deseo que llevan, no tiene huesos
(la razón está llena de esqueletos). El deseo no tiene nada
pero quema todos los cuerpos.

La que viene, la que se alza allí, es mi mujer.

Ay amor, el deseo de nuestros cuerpos
jugará esta noche, como el de todos los amantes,
con la muerte y la disolución, y tanto
que después nos parecerá increíble tener todavía pies
para seguir caminando.


Eso me ocurre a mi en ocasiones, que parezco no tener pies, sino alas.