martes, 29 de junio de 2010

Francisco Javier Tarrio Ocaña

Poemas. Francisco Javier Tarrío Ocaña.



El Viernes, 25 de junio de 2010 a las 13:55

I

Vuelve a abrirse paso, el árbol inhiesto
de especie desconocida. Tronco robusto
con hojas frondosas. No se posan los pájaros
en el ocaso sobre él. Se cierra el negro de la noche.

Aves depredadoras surcan el cielo,
las veo desde el ventanuco, oigo su música.
Creo que la mañana despertará muchos deseos.
La mano tendida abrirá la puerta. Te sueño.


II

Donde la muerte no se asoma,
viene desde lejos la luz cegadora,
acompasando los ritmos que atesora el cielo azul.

Esa luz que perdí un día de primavera,
cuando la brisa dejó de inundar mi rostro.
Pienso que hay brillos que mi memoria olvidó.

El celeste, aquel celeste del firmamento
que estallaba en mi alma; hoy es un sueño olvidado.

El árbol gigantesco, el de flores de mil aromas,
el de las flores perennes. El árbol querido
que se evadió de mi consciencia, el que lloraba
cuando yo lloraba. El árbol de la vida.


III

¿Qué te parece aquel sueño de luces
del pretérito octubre? ¡Hace tantos años!

La llovizna empapaba la Plaza Alta,
las voces del mercado invadían los oídos.
Era gris el cielo y una débil luz
partía en trozos las losetas del suelo.

Como para fijarme en ti, alcé la vista,
y la memoria entró en mí como una marea.

Viento, aire, agua, y debajo de ti la tierra.


IV

Dejan muertas el otoño las hojas que pisamos.
Tienen ecos de luceros olvidados las herraduras
de los asnos. Pienso en la nada, y eres tú lo que me evoca.

Muro insolente donde chocan las cabras
como un ariete de pelo y roca.

Dejad pasar la noche como un camino vacío.
No es deseo lo que trae, es sólo frío de alma.
Un color caoba en un cabello del pasado.


V


Jerusalen, Jerusalen, acuérdate
de los que quedamos en el camino;
que tus fronteras se ensanchen para cobijarnos.

No hay horizontes de tardes en las que convivimos
un día, ni luces para albergar nuestros corazones.

Pero quizás, el feliz destino está escrito en alguna estrella,
pendiendo en su estela y al alcance de nuestra mano.


VI


Partidas las losas de la vía, es tarde, se oculta el sol.
Tengo que partir, conozco el camino.
Al borde del sendero, no sé que pinos cenicientos,
algunos animales pululan cerca del horizonte.

El camino me lleva a ti, estás callado, quieto;
el viento remueve mis cabellos y te tengo en mi destino.

Llegaré a ti, sé que junto a ti está el mar, la luna distante
riela y dibuja mis objetivos. Tengo sed...


VII


Esa luz no, la otra, la que vi yo un día,
la de los ojos pardos mientras recorría la Plaza Alta.
Menuda lluvia que relampagueaba las losetas.

Yo te veía, estabas allí, eras cierta como un trozo de pan
que se toma una mañana de invierno.
Como la nieve, blanca, de silueta ausente de mí.


VIII


Solo como el mar, solo sin ti, solo.
No busco ojos en las oscuridades, vences mi alma.
Te vas, te acercas levemente como una hoja que se balancea,
y te alejas fríamente, dejando la memoria de tu contacto.


IX

Como en un camino, uno busca aquel sueño.
Como antaño, vida familiar, como la que se añora.
Pasaban los segundos con tu presencia,
eras cercano, conocido. Ahora no estás...

Sí, busco todavía aquel sueño, el de la habitación,
el de la ventana a la tarde, el de esa Bajadilla
de asfalto gris y casas bajitas, algunos limoneros...

Y pienso que todavía estás en mí, avisándome
de la eternidad entretejida de luces y mar.


X

El triste, opaco y oscuro negro del cielo
viene a apoderarse de las almas que aguardan
el deseado día. No se oye casi nada, sólo el agua
al caer, el golpe en el charco, se siente humedad.

Todo esta tranquilo, menos nuestro interior.
Un volcán que espera una erupción de felicidad.


XI


Verde, el verde sin verde de la primavera oscura,
que humedece los campos y retiene el agua
de la lluvia constante, evidente, nunca evasiva.

Sombría la huerta y grisáceo el mar, como una cuna
en un rincón oscuro, se abre el postigo y sólo entra
el negro sopor del día, de la tarde y de la noche.


XII

El bosque se ve desde el pueblo.
El monte se divisa cuando elevamos la vista.
Uno se gira, mira en todas direcciones,
y el mar no está.

El mar, a veces, no es la mar.

Tiene colores que se pierden en la memoria,
cuando las cosas no eran lo que dejaron de ser.

Amores del pasado, en un presente hueco.
Risas apagadas por los vientos del ayer.


XIII

Hay escalones para elevar el espíritu.
Hay gracia en las sombras del ayer.

La calle se bifurca como un río en sus afluentes.

Qué noche nos dirá que nunca se agota el tiempo,
que los nubarrones son invisibles en la voz del alma,
y que el eco ya no responde a preguntas vacías.