sábado, 28 de agosto de 2010

Benjamin -

[...]La ciudad no se visita, se compra. En la maleta del marinero cohabitan el cinturón de cuero de Hong Kong, la vista panorámica de Palermo y la foto de una chica de Stettin. Exactamente así es su verdadero hogar. Nada sabe de esa nebulosa lejanía que, para el burgués, encierra mundos desconocidos. Lo primero que se impone en cada ciudad es el servicio a bordo; luego vienen la cerveza alemana, el jabón de afeitar inglés y el tabaco holandés. Tienen presente hasta la médula la norma internacional de la industria; no son víctimas de las palmeras ni de los icebergs. El marinero ha "engullido" la cercanía y sólo le dicen algo los matices más exactos. Sabe distinguir mejor los países según su forma de preparar el pescado que según la arquitectura o la decoración del paisaje.[...]