miércoles, 3 de noviembre de 2010

Si encuentras un Buda, Ricardo Iribarren

martes 27 de abril de 2010


martes 27 de abril de 2010
"Si encuentras un Buda..."


— ¡Sangha…!

Varios niños jugaban en el portal del templo; en las cercanías del altar, una pareja de ancianos ofrendaba una flor de loto. Surachai, el viejo sacerdote, encendía las velas junto a la estatua de Buda y como siempre se preguntaría por el significado de alguno de los doscientos cincuenta preceptos del Theravada.

— ¡Sangha…!

Ninguno de ellos escuchaba la voz femenina, el tono cálido lleno de ecos, así como tampoco oían el rugido del Tigre de la Impermanencia que llegaba de las montañas del este. La bestia no saltaba de pronto. El ataque era lento, diferido, creando la ilusión de que el tiempo y la vida eran eternos.

— ¡Sangha…!

Era mi segundo nombre, el que fuera elegido por los dioses. Sólo conocido por mis padres y por el prior de un templo lejano, ahora llegaba de las profundas piedras de la pagoda. En silencio, mi cuerpo respondía, aunque mi mente sólo pronunciaba la primera parte de una frase.

— Si encuentras un Buda…

Faltaba una palabra que no llegaba a mi lengua, pero recorría mis miembros y cosquilleaba en las puntas de mis dedos.

— !Sangha…!¡Sangha…!

La voz pronunciando mi segundo nombre me hacía vibrar como una casa en medio de un terremoto; como un condenado al escuchar por última vez el canto de los pájaros.

— Si encuentras un Buda… — Otra vez mi respuesta truncada; otra vez mi vientre dispuesto a saltar.

De pronto los árboles dejaron de agitarse y los pájaros de volar Los niños quedaron inmóviles en distintas posturas de juego. En las cercanías del altar, el anciano miraba con ternura a su mujer y levantaba la mano en una caricia suspendida. Más allá, Surachai había interrumpido el gesto de encender una vela.. Un vendaval luminoso arreció en mis entrañas y me trajo recuerdos de otras eras que vibraron en el inerte viento de la tarde. En aquel mundo quieto, yo me llenaba de luz; el llamado provenía de la pagoda y a la vez de las puertas del Nirvana. La Iluminación latía en el aire. Amenazaba desgarrar mi ser para ofrecerme la conciencia absoluta, única forma de vencer al Tigre de la Impermanencia. Aquello explicaba mi alegría ante el reclamo, aunque la voz y la presencia de una mujer pudieran resucitar mis deseos mundanos a los que consideraba vencidos.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Mi respuesta seguía incompleta. Pronuncié en voz alta las cuatro palabras: Si encuentras un Buda… El resto de la frase atravesaba las plantas de mis pies, trepaba por mis piernas y se detenía en mi sexo.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Parecía absurdo, pero aquello que debía precipitarme en la Iluminación, también me llenaba de anhelos vagos y lejanos.

— ¡Sangha…!¡ Sangha…!¡ Sangha…!

El llamado implacable se elevaba como humo desde las viejas piedras, desde los cimientos de la pagoda.

Caminé hasta el salón donde los otros monjes oraban en círculo. También estaban inmóviles y callados, con las cuentas entre los dedos y las cabezas bajas.

— ¡Sangha…!

La voz llegaba de la base cuadrada de la estupa. Mientras descendía las gradas, una luz celeste que provenía del sótano, recorrió mi piel.

— ¡Sangha! ¡Sangha…!

La alegría desbordante, casi escandalosa, entró por mi nariz, mis orejas y mis ojos. No me sorprendió encontrar una mujer desnuda parada frente a mí, con los cabellos sueltos. Vi su imagen borrosa; había llegado al límite del abismo luminoso y bastaba un soplo, el suave roce de un ala o la levedad de un pensamiento para precipitarme en él.

Ella me miró sin hablar. Era la propia Iluminación. Sólo así podía conocer mi nombre oculto. De unirme a su cuerpo, lo haría con el Buda del centro del universo; conocería los remotos eones sin abandonar la pagoda; desde las eras más lejanas, hasta cada una de las flores de los cerezos del parque.

Abracé a la mujer. Su piel era suave y luminosa, pero algo me impedía hundirme en el abismo; era el vaivén de un pensamiento que llegaba, partía y luchaba contra la luz embriagadora; contra el avasallante conocimiento que mostraría todo.

— ¡Sangha! — repitió ella junto a mi oído

— Si encuentras un Buda…— contesté una vez más

La otra parte de la frase llevó a mis ojos a contemplar la enorme hacha que colgaba de la pared a pocos pasos de donde estábamos. Con ella, el monje Thaksin cortaba diariamente la leña. Lejano, perdido en las montañas del este, aún escuchaba el rugido del Tigre de la Impermanencia.

Continuaba la diferencia entre lo agradable y lo desagradable, entre el placer y el dolor, pero frente a mí estaba el punto en que todo se extinguía. Allí las cosas se convertían en almohadas; en velas agonizantes. Supe de mis vidas anteriores: había sido un santo, un Anāgāmī, pero también un monje corrupto y un emperador asesino dominado por los tres venenos. Mi mente era una sombra débil en medio de la luz; una llama oscura a punto de extinguirse bajo el viento de la Iluminación. La mujer se había arrodillado a mis pies con una ofrenda de frutas, dispuesta a adorar al Buda que asomaría por mi pecho.

— Si encuentras un Buda…

Mis manos tomaron el hacha, la blandieron y me bastaron dos golpes para separar la cabeza de su tronco. La sangre saltó, cubriendo mi túnica azafrán. En medio de espasmos dolorosos, mi cuerpo y mi mente se oscurecieron y los eones se alejaron vertiginosos. El mar de luz crepitó y las aguas me devolvieron a la playa que era el mismo sótano en la base de la pagoda. La cabeza de la mujer tenía los ojos abiertos y me miraba con ternura. Lo último que recuerdo es haberla colocado sobre el cuerpo, cubriéndolos piadosamente con mi túnica.


Al despertar escuché a los monjes orando. Habían empezado sin mí. . Estaba desnudo y mi túnica permanecía a pocos pasos, limpia, sin huellas de sangre No vi el cadáver ni había rastros del asesinato. Me vestí, subí al salón circular y empecé a orar junto a los otros.

— Ayer estuviste a las puertas de la Iluminación — me dijo en un susurro el monje más anciano mientras marchábamos al refectorio.

— Fue un engaño — expliqué— Los deseos mundanos se vistieron de Iluminación.

— Está bien — asintió el maestro — Seguirás la senda del peregrino, practicarás el sacrificio y los preceptos y luego de muchos eones, renacerás como Bodhisattva Quizá, en otra eternidad, puedas convertirte en Buda.

Miré el rostro del anciano. Otra vez la frase que atravesaba mi garganta como una daga oscura. Pronuncié para mis adentros la primera parte: Si encuentras un Buda… el resto volvía a agitar mis miembros, intentando llegar a mi cerebro.

Durante la segunda ronda de oración, nos sentamos en círculo. En silencio, esperaríamos que el prior diera tres vueltas alrededor de nosotros. El pensamiento regresó. Ya no era la respuesta a la voz de la pagoda que pronunciaba mi nombre. Arrancaba de mis entrañas como una ola incontenible y mientras la sentía llegar, recordé vagamente un Sutra que describía la oscuridad como otra cara de la luz. Luego las palabras me anegaron. En medio de un cielo negro, vi la frase completa, iluminada por un siniestro sol. Debía pronunciarla, aunque desatara una tormenta.

— Si encuentras un Buda, ¡mátalo!

Los monjes interrumpieron sus oraciones y me miraron con horror. Algunos se incorporaron y quisieron escapar, pero fue inútil. Como hojas en medio de un vendaval, sus pieles cayeron mostrando los tejidos, los músculos y los huesos. Rápidamente se convirtieron en un puñado de cadáveres y las paredes de la estupa se derrumbaron. Corrí, procurando salvarme de las piedras que caían. Una vez fuera, vi como el edificio se convertía en puñados de polvo gris arrastrados por el viento de la mañana. Mi túnica se deshizo y quedé desnudo en el desierto.




Después de muchos años de la catástrofe, los campesinos siguen venerándome por ser el único sobreviviente. Me ofrecen alimentos, reclaman bendiciones y guardan mis harapos como amuletos. Cuando muera, disputarán los trozos de mi carne y cada uno de mis huesos. Muchos se postran frente a mí y me llaman Maitreya, adorándome como a Buda.

Todas las mañanas, un niño llamado Luang me traía una hogaza de pan. Ahora es un joven que sigue alimentándome y recibiendo mis mensajes sobre la vida, la muerte y la Iluminación.

Hoy hablo acerca del sufrimiento. Luang me escucha atentamente, con un brillo familiar en los ojos y advierto que además del trozo de pan, ha traído un hacha. Me interrumpo y aclaro que no soy un Buda, pero la frase se ha liberado en su cuerpo. Asentirá a lo que diga y esperará a que baje la cabeza; entonces cercenará mi cuello, abandonará mi cadáver y se internará en el desierto para hacer penitencia entre los buitres y los alacranes, tratando de obtener la Iluminación.

Dejo de hablar. Nos miramos fijamente. El silencio es intenso, casi doloroso.

Desde las lejanas montañas del este, vuelvo a escuchar el rugido del Tigre de la Impermanencia.

Ricardo Iribarren
Registro Nacional de Derechos de Autor — Colombia— Nº 1-2009-9557