sábado, 30 de julio de 2011

Salvador Dalí, Buñuel, Gala y otros

Los bistecs de Avida Dollars



Si André Breton le colgó el epíteto de Avida Dollars por su patética avaricia, lo cierto es que sus peores defectos eran de otra naturaleza: mentía sistemáticamente, difamaba a sus amigos sin pudor alguno, y era frívolo, farsante y exhibicionista, pero en cuestiones cotidianas y financieras, era el tipo menos práctico del mundo. De aquel genio, cuenta Buñuel que en la juventud, aún requería que su tía le ayudara a cruzar el bulevar; que cuando compraba algo olvidaba el cambio, y que Jeanne Ruccar, esposa de Buñuel, debía conseguirle los boletos del tren. La anécdota más delirante refiere que un día en Madrid, García Lorca le pidió atravesar la calle Alcalá para adquirir entradas a la zarzuela del Teatro Apolo y, tras una tortuosa, expectante media hora, volvió con las manos vacías porque no entendía nada, no supo cómo hacerlo.

La fama y el matrimonio con Gala lo cambiaron radicalmente. Calumnió a Buñuel en La vida secreta de Salvador Dalí, tildándolo de ateo, acusación que en la década de los 40 era más grave que declararse comunista, por lo que el cineasta perdió el empleo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Cuando éste le reclamó dicha perfidia, Avida Dollars respondió: “Escucha. He escrito ese libro para hacerme un pedestal a mí mismo. No para hacértelo a ti”.

Su adhesión al franquismo, su abominable egocentrismo y virulencia, adornaban la rapacidad pecuniaria que Gala le inculcó (algo, verdaderamente algo especial debió tener aquella rusa a la que Paul Eluard amó en carne y en poesía, porque también inspiró a Aragon, Ernst y Breton), por lo que perdió a todos sus colegas surrealistas, se quedo sólo consigo y sus pinturas, sus demonios, sus debilidades.

En 1965, Carlos Fuentes, Juan Ibáñez y el productor Federico Amérigo, viajaron a Nueva York para el rodaje de Un alma pura. Le pidieron filmarlo entrando al bar del St. Regis, con una pequeña pantera (o un leopardo) atado al extremo de una cadena de oro. Dalí los envió con Gala, pues ella “se ocupaba de esas cosas”.

Los mexicanos presentaron su petición a la esposa y manager, quien preguntó: “¿Les gusta a ustedes el bistec? ¿El buen bistec, grueso y bien tierno?” Ellos pensaron que se refería al almuerzo y respondieron afirmativamente. Entonces Gala dijo: “A Dalí también le gustan los bistecs. ¿Y saben cuánto cuesta un buen bistec? Diez mil dólares.”

Como el propio pintor en la tarde madrileña con García Lorca, Fuentes e Ibáñez se fueron con las manos vacías y, tal vez, Avida Dollars no reparó en que su presencia en los fotogramas de Un alma pura pudo ser simbólica, ligada a la tragedia: Leonora Carrington personifica a la madre de Claudia y de Juan Luis, los amantes incestuosos, enfants terribles del libro Cantar de ciegos.

Delgada, pálida y hermosa, Arabella Arbenz encarnó a Claudia y, como el hondo personaje de Carlos Fuentes, murió el mismo año del rodaje. Cuentan que se suicidó en un restaurante colombiano, en presencia de su novio, el torero mexicano Jaime Bravo. Hija del ex presidente guatemalteco Jacobo Arbenz, con Un alma pura Arabella sólo dejó el recuerdo en blanco y negro de su bello rostro y su hierática sonrisa en las tomas de Manhattan, esa isla en la que Dalí sólo comía bistecs de diez billetes grandes…